Y entonces aparece otro problema: los libros son digitales. No se los puede tocar, no se pueden marcar con lápiz ni tachar con furia. No acumulan polvo. Ni siquiera la venganza de abandonarlos como advertencia para otros que imiten su altanería.
Enfurecidos y desconcertados, nos sientan frente a la bandeja de un avión: la entrada, el plato principal y el postre, todo junto. La violencia de la simultaneidad acelera la digestión y nos impone un menú sin escalas.
El proyecto es inédito. Cien libros, cada uno autónomo, ninguno planificado de antemano y, sin embargo, conectados. Hay ficción, investigación, fotografía; hay documentos de Teatro por la Identidad, registros de figurines, cronologías de espectáculos, narrativas contradecorativas, jugueterías y otras intoxicaciones.
No es un problema de orden. El sistema está ahí: visible, numerado, insistente. Lo que falta es costumbre. No hay entrenamiento para leer así. Se entra como se puede, se abre un archivo, luego otro, se retrocede, se salta. No hay una silla única para acomodarse.
Cada libro tiene su pulso, y al mismo tiempo laten dentro de un cuerpo multiplicado. Algunos parecen resbalarse y otros son proyectiles.
La obra múltiple no es una acumulación, es estructura viva. Un territorio que desafía al olvido con cada archivo. Una operación laberíntica bajo las leyes de la ficción. Y la defensa de un relato mediante un obstinado registro fotográfico.
Las bibliotecas digitales irritan, pero no alcanzan a opacar lo evidente: hay audacia, hay desmesura, hay una materia insistente que no se dispersa.
Se reconoce el cuidado de la estrategia, la coherencia de su desproporción. La potencia que despliega. La evidencia de un proyecto imposible, que combina riesgo y rigor.
Hay algo fuera de escala. No es la cantidad. Tampoco el orden, que existe. Es el tiempo de la producción. Surge una incomodidad difícil de disimular: ¿cómo se hizo esto en tan poco tiempo?, ¿en qué momento ocurrió?
No hay huellas del proceso. No aparecen etapas, ni desvíos. Todo se presenta resuelto, sin exposición previa.
Y sin embargo, está ahí. No como promesa, sino como hecho. La incomodidad no desaparece: cambia de signo. Como si lo que debía suceder en veinte años se hubiera comprimido en un solo gesto.
Cien veces escribir no es solo un conjunto de libros: es un campo de experiencias, un gesto de perseverancia, un mapa de ideas, ficciones y memorias que, aunque digitales, laten con intensidad.
Y el crítico, al escribir la última línea, admite que el territorio se abre y no puede menos que seguirlo.
Operación Karen Karmen
Construcción de una voz crítica apócrifa para tensionar la lectura de una obra múltiple
El reproche no está dirigido a la obra, sino a quien la enfrenta. Nadie exige a una novela la exhibición de sus borradores ni el detalle de su proceso antes de llegar a la librería. Sin embargo, frente a una obra múltiple, esa demanda aparece: se le pide transparencia, etapas, señales de construcción. No es una falla del proyecto, sino una falta de costumbre. La escala y la simultaneidad descolocan, y entonces la crítica desplaza su incomodidad hacia el modo en que la obra fue producida. En ese gesto, más que señalar un problema, queda expuesta.