Acreditación para el recorrido de una obra múltiple
1
Elizabeth Taylor no es un nombre propio; es una tecnología de la visión que alcanza su punto crítico. Esta biografía, en forma de obra de teatro, no busca narrar una vida, sino cartografiar la fuga de una imagen que reclama su derecho a la opacidad.
La condena de la belleza es aquí su exigencia estática: el ícono debe permanecer inmutable mientras la carne se degrada. Pero la acumulación de alcohol, lípidos y desechos industriales no es una derrota biológica, sino una preparación alquímica. El cuerpo de la actriz funciona como un reactor que procesa la chatarra de Hollywood hasta transformarla en una pira de honestidad.
Si la mirada del mundo la construyó como un objeto de vitrina, ella extrema ese artificio hasta que el cristal estalla. La hegemonía deja de ser un espectáculo para convertirse en un anticuerpo. Su triunfo no es la permanencia, sino la capacidad para arrancarse de los ojos de quienes la encerraron y lograr lo imposible: ser lo suficientemente real hasta volverse inalcanzable.
Este es un manual de supervivencia para proteger la intrascendencia y prender fuego al guion inculcado que anhelamos protagonizar.
Esta voz nació de un eco: un personaje de una obra anterior que se negó al silencio y se aferró a mis pensamientos diarios. Tanto habitó mi estudio que me obligó a una segunda versión de su existencia, solo que esta vez volcada hacia la comedia.
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Este texto es autónomo y su experiencia, concluyente. Pero al mismo tiempo es un embajador: la representación diplomática de un territorio mayor que propone un sentido orgánico: la Obra Múltiple.
Esta Nación está constituida por 100 piezas que funcionan de manera independiente. El lector practica la soberanía que el mapa propone. Puede visitar un fragmento por curiosidad, habitarlo un momento o abandonarlo. La obra ocurre en esa libertad.
Sin embargo, cuando la lectura adquiere espesor —acumulación de millas— surge una ruta literaria donde antes había relatos aislados. En el tránsito por este archipiélago de libros emerge la narrativa 101: el continente sumergido que une las islas, esa voz que no habita en ningún tomo pero que los sostiene a todos, el último texto que se escribe en la mente del lector.
El protocolo consiste en cruzar fronteras para incorporar la diversidad como destino propio.
3
Durante cuarenta años construí un archivo. Una febril acumulación de apuntes, fotos, experiencias y bibliografía que no encontraba su forma. Atascado por la demanda económica, oculto tras la dispersión familiar o simplemente por falta de madurez, mis avances ocurrían a cuentagotas.
La revelación llegó con el libro digital. Ese soporte me permitió pasar de la intuición al cuerpo. No fue un proceso ordenado: empecé a producir saltando de la investigación a la ficción, de la fotografía al guion, abriendo y cerrando piezas en un movimiento simultáneo. Con insistencia silenciosa y artesanal, junté retazos para formar una manta que protege y asfixia; así conseguí coser ochenta libros en cuatro años.
Por conservar velocidad y no esperar a que almas generosas participen, escribí también prólogos, solapas y contratapas. Ese campo de palabras me ofreció una evidencia irrefutable: no estaba escribiendo libros sueltos, estaba delante de un ecosistema en expansión.
Y sumé un oficio aprendido: diseñar la librería digital, pero bajo la condición de albergar un solo fondo autoral.
El ejercicio no fue planeado, sino hallado mientras saldaba una urgencia creativa. Pero el volumen levanta sospechas, y lo entiendo. El mote de paracaidista no me lo quita nadie. Aunque fueron cuarenta años de caída libre, tardé solo cuatro en jalar de la cuerda y desplegar mi trayectoria instantánea.
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Confieso que este orden es un simulacro. Una estrategia de cortesía para que mi biblioteca no se sienta como un mazacote. Ni los amigos más cercanos ni los intelectuales más lúcidos lograron acompañarme sin naufragar en la extravagancia de la cifra.
Cien libros: ¡una barbaridad!
Me puse entonces a pintar una vialidad transitable para ocultar lo que en realidad produje: soltar una selva virgen en medio de Acoyte y Rivadavia.
No estoy de acuerdo con el suavizante. Solo acepté domesticar el acceso. Cada uno de estos libros es riguroso; cada pieza merece su propio silencio. Pero el conjunto no es un safari planificado. Es un territorio nocturno donde la naturaleza del lector se abre paso en la intimidad de la página.